12 de junio de 2011

domingueando

En los tiempos de javeriana stereo, el programaba salsa y yo jazz, luego supe que trabajaba para una disquera y ahora escribe sobre temas que me competen... porque tengo una prominente barriga y varios kilos mas de peso.

 

 

Jaime Monsalve aprecia la redondez abdominal, un acto de rebeldía estética en tiempos metrosexuales.


(Pantagruel, uno de los desmesurados más grandes de la literatura, ponía una condición para contar sus historias a comodidad: "La cornamusa nunca suena sin tener la panza llena", decía. Así que denme la posibilidad de acompañar la escritura de esta apología abdominal con un paquete de chicharrones al lado.)

Este vientre, al igual que el de todos, es una representación de cómo se ha llevado la vida. Cada quien lo puede interpretar a su antojo. Muchos lo han hecho a partir de una ojeada al rompe. Unas pocas en el pasado (hoy solo una lo hace) prefirieron leerlo alguna vez como un libro escrito en braille. Habrá quienes adivinen, en sus 110 centímetros de perímetro, añales de descuido, sedentarismo o gula; pero existiendo un cuidadoso eufemismo para cada una de esas acusaciones, prefiero reemplazarlas con palabras como desenfado, actitud reflexiva y avidez, respectivamente.

Creo haber comenzado a cultivar este apéndice (imposible ser más literal) hace dos décadas, acaso poco tiempo después de que en la inducción universitaria fuera elegido para una actividad grupal por ser en ese entonces, tanto tiempo y kilos atrás, el más raquítico de los compañeros de salón. Esa ilusión la desvanecería el paso del tiempo, la comprobada fobia hacia las clases de educación física que, ya en la universidad, podía ratificar mediante la no práctica de deporte alguno; y sobre todo, los kilos de densos fríjoles que mi entrañable tía Graciela, Cielito lindo, servía en porciones imponentes cada dos o tres días, con su toque secreto, oreja y papada de cerdo, en lugar de la tradicional garra. Pero no le demos los créditos absolutos a tan maravilloso potaje: a dos cuadras de casa, en el barrio El recuerdo de Bogotá, estaban los perros y hamburguesas de doña Elisa, ahora tan cerca de mi lugar de trabajo que a veces puedo darme el lujo de hacer física la reminiscencia.

Hay quienes dicen que comer es un arte. Pero es un arte que deja mácula, hay que reconocerlo. ¿Qué pasaría si el consumo de música o literatura tuviera similar resultado en los órganos directamente involucrados en su disfrute? Pues que más de uno, este servidor incluido, andaría por ahí convertido en un duende orejón, con los ojos salidos de las cuencas. Así, mientras la prueba de tus consumos culturales solo la obtendrá quien se tome el trabajo de charlar largo contigo, la del sibaritismo normalmente está a la vista.

Es por eso que defiendo a dentelladas mi vientre abultado: porque es seña inequívoca de una vida que, hasta ahora, ha sido bien vivida.

"Tiemblo por aquel a quien le toque el honor de sostenerme", dijo el rey Luis XVIII, que de tan cetáceas proporciones parecía más bien 18 luises. Hasta ahora no sufro de tamaña carga (otra literalidad). Todo lo contrario, en ocasiones esta inevitable compañera frontal parece que tiende a recular, a la espera de algún familiar o amigo al que no hemos visto hace semanas. Tal vez no sea ella la que se contrae sino el recuerdo, pero lo cierto del caso es que todo reencuentro viene acompañado de comentarios del orden "¡cómo has bajado de peso!". Y ella, ahí, tan redonda como hace años, sabe que a la única que no se le puede mentir es a la balanza. "Saco ventaja de la confusión", decía Calamaro en un tema estandarte, Sexy y barrigón.

No sé si quepa exactamente la palabra sexy. Sí cabe el término natural. Porque lo natural es que la chocolatina se guarde dentro del estómago y no que sea modelo de ostentación muscular afuera de él. En mi condición de desenfado, actitud reflexiva y avidez, creo que lo antinatural es preferir una musculatura rayana en la prótesis, como las de los señores de la película 300.

Cada cierto tiempo, como debería hacerlo cualquier mortal por sílfide que sea, pongo el brazo al servicio del rutinario examen de laboratorio. Lo que me dicen los resultados de colesterol, triglicéridos y glucosa es que de barrigón no muero. ¿Que si no preferiría cambiar este mondongo en algo, modificarlo para bien? De repente, lo expondría más al sol a ver si pesca colorcito.

Una barriga bien llevada es un imán. Aunque no deja de ser un estereotipo aquello del carácter afable de quien ostenta una, a la hora de hacer vida social suele ser buen tema de conversación. Las miles de respuestas posibles a los viejos chistes de "dame suerte, Buda" o "cuándo nace el elefantico" también suelen ser votos de confianza, y además mantienen afinada la rapidez cerebral. En casa, es un ser más. Mi mujer le habla, le hace chistes, la pellizca y ella, la barriga, le responde como solo una barriga podría: con pesadeces. Pero también tiene palabras que son, como ella misma, blandas y tiernas.

Porque así, blanda y tierna, así como es, una delantera abultada funge como el mejor de los escudos ante la vida. Ya lo dijo el escritor español Wenceslao Fernández Flórez: "el hombre gordo opone a toda proterva pasión su tocino, como a la fuerza de las antiguas granadas se oponían los blandos colchones en las ciudades batidas por la guerra".

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